Pasar al contenido principal
Agosto del 2021
Ocho escenas compartidas con Miguel Soler
Portada

Limber Santos

Limber Santos

Maestro. Lic. en Ciencias de la Educación. Director del Departamento de Educación para el Medio Rural (ANEP-CEIP). Docente e investigador del Instituto de Educación (FHCE-UdelaR).

Necesito escribir sobre Miguel Soler Roca en primera persona. Mi vínculo de amistad con el maestro, la cercanía afectiva y las complicidades intelectuales reflejadas en largas charlas no me permiten, en esta ocasión, desplegar un abordaje académico sobre su figura. Sin embargo, sobrados argumentos hay para caracterizar una pedagogía, la suya, manifestada desde la palabra y desde la acción en territorio. Su mirada latinoamericanista, humanista, decididamente antimilitarista, en defensa de los derechos huma- nos, en defensa de los más débiles, dibuja un ser humano comprometido con su tiempo bajo el lema de “nada de lo humano nos puede resultar ajeno”.

Su pedagogía asumió siempre la impronta intelectual de dialogar con la realidad del tiempo presente. Es así que su construcción discursiva estuvo relacionada con los avatares políticos, económicos, sociales y culturales de un momento y de un lugar concretos. Sus textos pedagógicos no son solo pedagógicos. Adquieren lógicas y conceptos propios de la literatura, la filosofía, del periodismo y del arte, en el marco de un movimiento intelectual integral y realista. “Un buen educador debe leer los diarios”, nos solía decir en las tertulias y ruedas de intercambio con docentes y estudiantes.

En recuerdo de Enrique Bráyer

Venía leyendo a Miguel en todos los trabajos publicados hasta entonces. Ya como maestro rural y trabajando en Cañada Grande(1) me había enfocado en su obra más reciente (Soler, 1996), deslumbrado por sus recorridos en América Latina y sus comunidades campesinas e indígenas. Yo mismo había comenzado a recorrer esos caminos, y el verano de 1998 me sorprendió leyendo a Soler en la plaza de Tarija, al sur de Bolivia.

En aquel momento, lo que me parecía más representativo de los pueblos y de los educadores latinoamericanos, así como de la actitud intelectual de Miguel, era el relato de Dolores, Remigio y Lupe. Estos testimonios surgían de la última visita de Miguel a El Salvador en 1991 –todavía en guerra–, tomando contacto con educadores populares, sus labores militantes de alfabetización, las infancias, la vida, los bombardeos, la persecución, la tortura y la muerte. Sus historias son duras, llenas de compromiso con las infancias y sus comunidades, marcadas por la valentía de enfrentar su labor docente al celo de los militares y a las acusaciones de subversión.

Cuando comenzaba el siglo, compartía con estudiantes magisteriales un pasaje de Miguel Soler a modo de síntesis de su pensamiento, como una necesidad propia, fruto del impacto que me habían causado aquellas narraciones de El Salvador, tan lejano y tan cercano.

«Dejo, ensombrecido, la casa en que estos maestros populares me han narrado sus vidas y sus obras, bajo los bombardeos. Una casa sobre una calle que lleva el nombre de una maestra latinoamericana, Gabriela Mistral. Voy pensando en mis escuelas, la escuela a la que asistí de niño en Montevideo, entre 1928 y 1933 –¡hace más de sesenta años!– escuela pública, laica, gratuita, de elevadísima calidad tanto para aquella como para esta época, pienso en las escuelas en las que he trabajado en el campo uruguayo, en experiencias exaltantes, de las que participaban los niños, los egresados, los padres y las madres de familia –¡hace ya más de cuarenta años!–. ¿Cómo es posible tan terrible retroceso? Sé que la respuesta de las ciencias de la educación es insuficiente, que para entender qué ha pasado debería otra vez internarme en los campos, escuchar a los campesinos, coger la tierra a puñados y olerla, someterme yo también a los bombardeos, aceptar la penosa fragilidad de la educación ante la historia. Pero también rechazar toda idea de impotencia. Ahí están Dolores, Remigio, Lupe y tantos otros que con casi nada reconstruyen su mundo malherido y, en él, levantan nuevas escuelas, tan precarias como verdaderas, verdaderas porque restablecen el sentido primitivo del acto educativo: situarse en la realidad, interpretarla, transformarla.» (Soler Roca, 1996:297)

En 1999 me encontré con Miguel por primera vez. Fue en Montevideo, en el salón de actos de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, a la cual había ingresado como estudiante el año anterior. La convocatoria se había realizado para homenajear al maestro Enrique Bráyer. La cercanía profesional y afectiva con Miguel hizo que, conforme a su estilo, sus palabras justas fueran sentidas, de alta valoración y estima hacia su amigo, rigurosamente fiel a su memoria sobre los acontecimientos de La Mina y de una sensibilidad que le llevó a las lágrimas. Aquella escena me impactó por ser la del primer encuentro, por la comprobación viva de la sensibilidad humana de Miguel y por la atmósfera de recogimiento y respetuoso silencio ante sus palabras.

Esa noche, como tantas otras veces, Miguel se mostró ágil en su discurso, exhaustivo con su memoria, agradecido con los suyos e implacable con los responsables políticos de las nefastas consecuencias del Plan de Felipe Ferreiro en 1960 y 1961 para la educación rural. El final del Núcleo Escolar Experimental de La Mina representaba el comienzo del desmantelamiento de la estructura que el movimiento en favor de la escuela rural había forjado a lo largo de varios años. Tiempo después, aquel proceso fue detalladamente descrito y analizado en Soler (2005), incluyendo la transcripción completa de 5 años de educación rural en La Mina (Soler, 1960) cuya edición original a mimeógrafo yo había encontrado previamente en la Biblioteca Nacional.

(1) Paraje rural de mi primera escuela rural, la Nº 209, en el departamento de Canelones.

Hay que empatotarse

Miguel publica Réplica de un maestro agredido... (Soler, 2005) en un año clave para los maestros rurales. Ese año se desarrolló el Segundo Encuentro de Maestros Rurales en el marco de la ATD Nacional, segunda edición de una instancia que se había realizado por primera vez en 2003. Con un conjunto de compañeros de todo el país, recibimos a Miguel en la Colonia Escolar de Malvín. Aprovechando que estaba en nuestro país acudió de inmediato a nuestro llamado con varios ejemplares de su libro recién salido del horno.

En sus páginas conocimos los primeros apuntes del diario de un muy joven Miguel Soler trabajando en la escuela rural de Los Vázquez (Tacuarembó), su primera escuela rural. Para preservar identidades de personas y lugares, Miguel no mencionó el lugar como sí lo haría más adelante. De todos modos, los compañeros del norte conocían muy bien de qué lugar se trataba. En sus páginas conocimos la historia de Zulma, Adelia y Efraín, tres hermanos que tras la muerte de su padre alambrador tuvieron que mudarse con su madre a otro lugar y a otro rancho de terrón que esta vez deberían levantar los hermanos mayores.

Ocho escenas 1

«Zulma, Adelia, Efraín.

Tres hermosos espíritus en mi escuela. Tenemos fe en el niño rural. Sabemos que puede ser creador a la par de cualquier niño. Por eso dejamos que se exprese libremente y refleje en sus trabajos espontáneos todas sus vivencias interiores.

Es un medio de abrir su espíritu a la vida y al mundo, y de conocer el material vivo con que trabajamos en la escuela.

Adelia y Zulma escriben con sencillez, pero sus trabajos están plenos de su vida: en cada composición aflora su felicidad de Paso del Borracho, la tristeza del pueblo a que han venido, el deseo de recuperar la modesta pero más tranquila situación económica perdida.» (Soler Roca, 2005:301)

En octubre de ese mismo año 2005, en la Colonia Escolar de Piriápolis se desarrolló el Congreso de Maestros Rurales “Jesualdo Sosa”, organizado por la Federación Uruguaya de Magisterio. Allí nos volvimos a encontrar con Miguel, en el mismo lugar en el que cincuenta y seis años antes se había realizado el Congreso de Maestros Rurales de 1949. En uno y otro congreso, la figura de Miguel fue protagonista. En el gran salón comedor de la colonia –el viejo Hotel Piriápolis– Miguel nos habló a todos con palabras que reflejaron calma, experiencia y saber magisterial. Nos habló de igual a igual, pero a la vez señalando rumbos.

Se mostró consciente de los rezagos históricos de la educación rural al mismo tiempo que admitió que los problemas principales estaban ahora en ciertos ámbitos urbanos. Pero, dirigiéndose a los maestros rurales, dejó la frase prescriptiva “hay que empatotarse”, haciendo alusión a la necesidad del carácter colectivo de todo movimiento de cambio. Tan colectivo como, en su momento, lo fue el movimiento en favor de la escuela rural, que diera lugar a la pedagogía rural uruguaya como elaboración de pensamiento y acción propios. Hasta hoy muchos recuerdan aquella expresión de Miguel, y muchos también nos hemos empatotado para defender la educación pública rural en estos años.

 

Una religión

En cierta ocasión estábamos con Miguel en el Centro Agustín Ferreiro. Lo había invitado, como tantas veces, a compartir una rueda de intercambio con docentes y estudiantes magisteriales. Aunque su preferencia era hablar de educación en tiempos actuales, en el mano a mano siempre surgían las preguntas sobre los años de máxima producción de pedagogía rural. En cierta ocasión, ya tarde en la noche, con dos compañeras del equipo lo llevábamos a su casa después de una de esas intensas tertulias. Le pregunté por su formación en el CREFAL(2) en Pátzcuaro, y nos contó sobre su permanencia en La Eréndida, el trabajo con los habitantes de Michoacán y su vínculo con los otros pasantes. Particularmente nos relató el regreso luego de finalizado el curso, recorriendo por tierra diversos países de América Central, con un extraordinario nivel de detalles.

Miguel había expuesto los principios de la Educación Fundamental de la UNESCO en los fundamentos conceptuales del Núcleo Experimental de La Mina. Pero no fue hasta Rastrojos (Soler, 2019b), editado por la Federación Uruguaya de Magisterio, que llegamos a conocer las circunstancias cotidianas de Miguel en aquellos días. Allí, en “Huecorio – Colonia Ibarra” podemos leer parte de un diario exhaustivo que Miguel fue escribiendo y que nos muestra su mirada social y de las infancias de las ruralidades mexicanas de entonces. En la ‘Presentación actualizada’ de este capítulo, Miguel nos dice:

«Las notas que siguen las escribí yo voluntariamente y nadie más que yo las conoció hasta ahora. (...) Llené con ese registro tres cuadernos que conservé intactos, que atravesaron conmigo los Andes y el Atlántico repetidas veces con motivo de mis mudanzas, con los que ahora me he reencontrado.» (Soler Roca, 2019b:93)

En sus anotaciones del 5 de agosto de 1953, Miguel describe el encuentro con dos niños al regreso de una actividad con la comunidad. Esos niños re- presentan el drama latinoamericano.

«Me cuesta creerlo; pudiera pensarse que estoy de nuevo en mi tierra, que no he palpado más que las miserias de cualquier rincón uruguayo, que estos campesinos a quienes se despojó de sus bienes, que este muchacho a quien la escuela le fue negada, que esta niñita que no podía llevar a casa su cazuela de leche por falta de centavos, no son mexicanos solamente, sino símbolos de una América gimiente.» (idem, p. 107)

En aquel mismo encuentro en Cruz de los Caminos, Miguel nos relataba una vivencia impregnada de frescura y de una capacidad humorística sutil e inteligente, muy suya. Nos contaba sobre los primeros tiempos del Instituto Normal Rural en la Escuela Granja de Estación González. Una vez terminada una jornada de trabajo allí, se dispuso a regresar a Montevideo con un conjunto de compañeros. Cuando subieron al tren que los llevaría a Estación Central, embebidos en la atmósfera del movimiento en favor de la escuela rural, su simbología y misticismo, lo hicieron cantando la Canción a la escuela rural. Miguel se sentó junto a una señora que, al observar esta escena, le preguntó: ¿ustedes son de alguna religión? Miguel nos contaba que le respondió que sí, un poco por la dificultad de explicar el sentido de lo que representaba todo aquello, otro poco porque, aún lejos de ser una religión, había aspectos de un sentir subjetivo y colectivo que lo podía hacer ver como tal.

(2) Centro Regional de Educación Fundamental para América Latina, un organismo de la UNESCO que a comienzos de la década de los cincuenta se instaló a orillas del lago Pátzcuaro en el estado de Michoacán, México.

De eso no necesitamos

En el patio exterior del Centro Agustín Ferreiro, Miguel recordaba las circunstancias del traslado del Instituto Normal Rural de Estación González a Cruz de los Caminos. A fines de 1958, junto con otros compañeros fueron a ver las instalaciones y la locación de un edificio que había sido construido en la década de los cuarenta para una escuela consolidada. Sin embargo, ese uso había quedado truncado ante la negativa de la mayor parte de las comunidades a cerrar sus escuelas, todas escuelas rancho. Solo una aceptó el traslado y pasó a ocupar el ala norte del edificio, el resto del local quedó sin uso.

En la década de los cincuenta, por efecto de la pedagogía rural uruguaya y del concepto de escuela productiva prescrito en el Programa para Escuelas Rurales de 1949 del cual Miguel fue redactor, se valoraba sobremanera la influencia de la escuela sobre el medio. Esa influencia estaba determinada, entre otros aspectos, por las prácticas productivas que, a su vez, tendían a valorar la figura del maestro como un experto agrario. El mejor ejemplo de este modelo es la figura de Homero Grillo que, luego de varios años como director de la Escuela Granja de Villa del Rosario, pasó a la dirección del Instituto Normal Rural a partir de su nuevo emplazamiento en Cruz de los Caminos en 1959.(3)

En esa atmósfera, Miguel y sus compañeros no evaluaron solo las prestaciones y la ubicación del edificio para ver si eran adecuadas para albergar el Instituto. Querían constatar la pertinencia social, viendo si la situación cultural, económica y social del entorno necesitaba de una institución de esa naturaleza. Buscaban asegurarse de que la ubicación del Instituto, además de facilitar la llegada de los maestros, también podría influir sobre su entorno para el mejoramiento de la vida campesina.

ocho escenas 2

 

Para ello salieron a recorrer las viviendas de los vecinos. En uno de los ranchos encontraron a un hombre viejo al que saludaron y le hicieron algunas preguntas sobre la vida cotidiana del pago. Cuando le preguntaron por la atención en salud, el hombre les dijo que se atendían en el hospital de Pando, el centro poblado más cercano. Miguel recordaba que en un momento formuló la siguiente pregunta: cuando necesitan un ingeniero agrónomo, ¿a quién recurren? El hombre respondió: ¿qué es eso? Miguel ensayó una breve explicación de lo que era un ingeniero agrónomo y por qué los productores rurales solían acudir a sus servicios. El hombre lo escuchó atentamente, hizo una pausa, y en tono lento y reflexivo dictaminó: ah no, eso y policía acá no necesitamos. Ahí nos dimos cuenta –nos decía Miguel en el patio exterior del Centro Agustín Ferreiro– de que este era el mejor lugar para relocalizar el Instituto Normal Rural.

(3) En 1961 se registró la renuncia de Miguel Soler al Núcleo Escolar Experimental de La Mina. Pero las adversidades políticas del momento también afectaron a Homero Grillo, quien ya no pudo seguir al frente del Instituto Normal Rural.

Todavía cantamos

Con varios compañeros de muy destacada trayectoria profesional y militante tengo el placer de ser parte del Grupo de Reflexión sobre Educación (GRE), a instancias de una invitación que me formulara el propio Miguel. En el GRE, el maestro siempre nos aportó la palabra justa, la larga experiencia, el trabajo exigente y la toma de posición pertinente. Siendo ya nonagenario desplegó una capacidad de trabajo inusitada, una claridad de pensamiento única y una vitalidad que se manifestó en la escritura, en el diálogo, en los debates y en su presencia física en los más diversos ámbitos donde su concurrencia fuera necesaria. A su vez, todo ello nos motivó a poner en juego nuestras máximas capacidades, que se vieron reflejadas en múltiples documentos hasta llegar al más reciente sobre las consecuencias para la educación de la Ley de Urgente Consideración (LUC).

A los diez años de la fundación del GRE, en noviembre de 2019, apareció Punto y seguido. Diez años de debates, elaboraciones y propuestas. En la introducción de ese trabajo colectivo se señalaba:

«En un proceso que ya es de larga duración, el lenguaje y el pensamiento pedagógico han ido cediendo terreno ante la creciente legitimación excluyente y restrictiva de miradas economicistas y cuantitativas. Los primeros años de la década del 60 marcan el quiebre y la voz de la pedagogía comienza a ser desplazada al aula y al interior de la institución educativa. Durante más de medio siglo las consideraciones acerca de la estructura del sistema educativo, los planes a mediano y largo plazo, las orientaciones generales de la educación, las perspectivas y las prospectivas amplias, han sido reclamadas y asumidas por otras disciplinas. Esto ha provocado una sensibilidad tendiente a percibir las preguntas pedagógicas como preguntas del pasado. ¿Qué futuro queremos?, ¿qué escuela y qué educadores?, ¿qué personas contribuir a formar?, ¿para qué sociedad? han sido preguntas clave en la historia de la pedagogía y sus respuestas han sido objeto de debate y definición de diversas corrientes de pensamiento.» (s/a, 2019:1)

En un diálogo con Miguel –el de carne y hueso y el histórico– sobre el lugar de la educación, sus límites y sus posibilidades, se rescataban elementos propios del ideario pedagógico nacional desde su formulación en 1949.

«El ideario pedagógico nacional comenzaba a contraponerse a la tendencia a depositar excesivas demandas en la educación. Esa tendencia continúa en la actualidad, a tal punto de reforzar permanentemente el discurso hegemónico de la crisis de la educación. De ahí a la desacreditación de la educación pública solo hay un paso.» (idem, p. 2)

Con sus noventa y siete años, Miguel se encargó de las palabras finales del libro a modo de epílogo, retomando la percepción de la crisis de la educación, formulada de manera permanente por la prensa y los partidos políticos.

«Sin exponer mayores razones y basándose principalmente en algunas estadísticas, siempre expuestas a controversiales interpretaciones, un considerable número de partidos afirma que en su estado actual nuestra educación pública padece una indiscutible crisis y en su conjunto es percibida como un verdadero desastre. Afirmo que no es así, que los componentes del mal llamado desastre son casi siempre carencias cuyo origen está fuera de las escuelas, los liceos, los talleres de la UTU. La tan invocada crisis no es de la educación sino, cuando ella realmente existe, de la sociedad entera.» (Soler Roca, 2019a:219)

Una tarde, durante una pausa de trabajo y en el marco de un diálogo informal, apareció nuevamente la Canción a la escuela rural, aquella que cantaban los maestros al subir al tren en Estación González. La pregunta que me hizo Miguel fue sencilla y directa: ¿todavía se canta la canción? Mi respuesta fue inmediata y decidida: se canta en cada escuela, en cada agrupamiento escolar rural, en cada encuentro de maestros, se canta cada vez más como parte del paisaje sonoro de la educación rural. Se canta en diferentes versiones y desde que se ha conmemorado nuevamente el Día de la Educación Rural cada 15 de mayo, su melodía jamás falta.

Hablamos de su letra y de la música compuesta por Nelly Cougnago que tocaba el acordeón en La Mina. Nos dijo que hoy le haría algunos cambios a la letra, pero recibió con beneplácito la popularidad de una canción suya que, como las viejas coplas que pertenecen al pueblo, ya no era solo suya(4).

(4) Dicho esto con referencia a La copla, de Manuel Machado, cuando dice:

«Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor».

Juanita de los Santos

En una de nuestras últimas conversaciones, Miguel me contaba que luego de haberse recibido como maestro en 1939 en los Institutos Normales de Montevideo (IINN) no pudo ejercer de inmediato. Antes debía terminar de resolver los trámites de obtención de la carta de ciudadanía uruguaya. En 1943, María Orticochea, entonces directora de los IINN, le avisó que había un puesto para ocupar en el norte del país. Es así que, según consta en el libro diario de la escuela, el 19 de mayo de ese año, Miguel asume la dirección de la Escuela Nº 89 de Los Vázquez, en el departamento de Tacuarembó.

En 2009 fuimos con Alejandra Dego(5) a Los Vázquez. Allí encontramos a Juanita de los Santos, alumna de Miguel Soler en 1943 y 1944, un testimonio vivo de la labor del maestro en su primera experiencia laboral(6).

Juanita nos contó que Soler era “muy jovencito” cuando llegó a Los Vázquez. Ella estaba en primero y había pasado a segundo. Llegó en la época de la gran sequía del '42, plena guerra mundial, una “pobreza tremenda” y mucha población en el lugar. Todos vivían en ranchos de adobe y se percibía miseria por doquier, aunque en la vuelta “había mucho rico”. Típico paisaje de rancherío rural. No bien llegó a la escuela, salió a recorrer el lugar; “se habrá llevado una desilusión enorme”, comentaba Juanita. Para ello, lo primero que hizo fue comprarse un caballo, un hermoso picazo que conocimos a través de una pequeña foto en blanco y negro que Juanita atesora en las páginas de un libro. En esa misma foto se deja ver el eucaliptus que todavía permanece enhiesto en la colina como testimonio vivo de cuando Soler y sus alumnos convivían a su sombra, jugando al Martín Pescador, según lo que expresaba Juanita acerca de lo que muestra la foto. Todos de “zapatillita rueda” y sin moña. “El Maestro qué nos iba a exigir moña, no se estaba para exigir mucho.”

Ocho escenas 3

Con el picazo, el Maestro Soler podía salir a conseguir la carne y “algo para hacerles la comida a los niños”, sobre todo para los niños que venían de muy lejos y se tenían que levantar muy temprano. Cuando el Maestro se enteró de que había una gran cantidad de “muchachos” que no habían podido concurrir a la escuela –muchos trabajaban en las estancias–, los jueves y los sábados instrumentó una “clase particular” y de ese modo “educaba a esos muchachos que estaban trabajando”. Hasta de Ansina venían a caballo algunos de esos jóvenes que aún no habían tenido la oportunidad de asistir a la escuela. “En esa época solo había hasta tercero. Los que teníamos más actitud de aprender y nos gustaba, entonces íbamos los jueves y (el Maestro Soler) nos daba una clase particular, como en cuarto. Y con eso quedábamos. Las muchachitas de acá quedábamos con ese cuarto.”

“Lo extrañamos mucho cuando se fue”, relataba Juanita que a esa altura de la conversación ya estaba con su mente plenamente ubicada sesenta y cinco años atrás. “Hubo una época que de usted no se podía hablar”, le comentó Juanita a Soler, cuando hablaron telefónicamente. Los propios maestros que venían a trabajar en esa época, no aceptaban que se les hablara de aquel maestro que había pasado por allí en la década de los cuarenta.

Diez años después, Miguel completaría aquellas imágenes de las infancias del norte uruguayo con la transcripción de sus testimonios sobre Orestes, los Sequeira, los hijos de Seumachado, Argelio, además de Zulma, Adelia y Efraín que ya había publicado en 2005. Nunca he podido contener las lágrimas cada vez que leo la historia de Orestes. Ahora mismo, mi escritura se detiene por un largo rato. Quien lea este rastrojo derivado de los apuntes de aquel joven maestro, se dará cuenta de por qué Miguel no quiso irse sin desahogar aquella pena con todos nosotros y trasladarnos un mensaje que nos compromete.

Miguel encontró a Orestes en Los Vázquez al final de su niñez y de la etapa escolar. Padecía una enfermedad que en el futuro cercano lo iba a dejar paralítico y, sin embargo, podía curarse si se lo trataba en Montevideo. Miguel no pudo salvar a Orestes. No por el viaje y la adecuada atención médica que ya tenía resueltos, sino por la batalla que perdió con el desconocimiento, las supersticiones y los temores de su padre a quien no pudo convencer. Un padre «en quien rivalizan la ignorancia y la honradez» (Soler Roca, 2019b:25).

Aquel niño escribía cosas tales como: «...me da mucha pena cuando recuerdo a las compañeras que se fueron, y a Efraín; de mañana, cuando vamos a leer, me parece que el maestro dice: lea Zulma, o: lea Adelia» (idem, p. 29); o sobre la gran sequía:

«Hoy parece que va a llover; ya cayeron unas goteras, pero llueve y truena y parece que va a llover mucha cantidad, y no llueve nada. Ya está haciendo mucha falta la lluvia, porque ya hay seca de nuevo y no hay pasto ni agua; por algunas partes ya es una seca colosal y tienen que sacar los ganados a pastoreo.» (idem, p. 30)

Aquel niño que muere años después, nos compromete como comprometió a Miguel a actuar a conciencia hasta el último día. Solo así las lágrimas inspiran rebeldía ante las injusticias sociales.

(5) En ese entonces, Alejandra Dego había asumido la dirección del Centro Agustín Ferreiro y yo me desempeñaba como coordinador del Centro de Apoyo Pedagógico Didáctico para Escuelas Rurales de Canelones Centro.

(6) Los siguientes tres párrafos están basados en Dego y Santos (2009).

Nada de lo humano nos puede resultar ajeno

Cuando en la inauguración del XII Congreso de FUM-TEP me tocó presentar Rastrojos, pensé en infancias como la de Orestes y en el carácter humano del pensamiento del maestro. Recordé otras infancias que, sin importar nacionalidades ni lugares geográficos, nos tocan muy de cerca. Porque todas nos tocan.

Hice mención a Saba Abu Arar y a Alan Kurdi, consciente del extrañamiento y de la ajenidad que podrían provocar sus nombres. Nada nos debería resultar ajeno. Nada de lo humano está demasiado alejado como para no sentirlo como propio. En la diaria de esos días había aparecido la imagen del cuerpo de Saba Abu Arar de 14 meses de edad. Había fallecido en los bombardeos de Israel a la franja de Gaza durante el fin de semana anterior. Una imagen que nos abofetea insoportablemente. Imagen que nos recuerda de inmediato la del niño sirio Alan Kurdi de tres años de edad, muerto en 2015 en las costas del Mediterráneo en Turquía, quien junto con su madre y hermanos intentaba llegar a las costas europeas. Hace no mucho tiempo, Miguel compartía una rueda de diálogo con docentes y estudiantes en el Centro Agustín Ferreiro. Apesadumbrado por las noticias de esos días marcadas por los intensos ataques sobre El Líbano, haciendo notar la imposibilidad de la indiferencia de todo educador, Miguel nos decía: “no hay que aflojar un minuto en la lucha por lo humano y lo humanizador, porque la historia nos indica que en cualquier momento, a la menor distracción, el hombre puede convertirse en una bestia”.

Detrás de las imágenes de los diarios, hay miles de imágenes anónimas que, como Miguel en Los Vázquez en el lejano 1943, solo las ven los educa- dores. Eso nos ubica en ese lugar de tomar partido, partido hasta mancharse, como en la poesía de Gabriel Celaya(7). Estos rastrojos son generosamente compartidos por un compañero ubicado en ese lugar del compromiso con la vida y haciéndolo, nos arrastra a todos a dar día a día lo mejor de nosotros mismos. Y ahí quedarán, rastrojos que ya, fuera de nosotros mismos, algún día echarán frutos. (8) 

(7) Expresado esto con referencia al poema La poesía es un arma cargada de futuro, interpretado entre otros por Paco Ibáñez: «Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse».

(8) Estos dos últimos párrafos están basados en Santos Casaña (2019).

Valió la pena

En nuestra última conversación en el presente 2021 intercambiamos figuritas con Miguel. Él me habló de Valió la pena, y yo de un trabajo de investigación denominado Casas del pueblo y escuelas rurales: el influjo de Julio Castro en las formas de entender el vínculo entre escuela y medio. En Rastrojos se había referido a Valió la pena, obra que él venía trabajando simultáneamente, ya con varios capítulos avanzados. Con lujo de detalles me narró la estructura del libro, lo que ya estaba pronto y lo que faltaba, a sabiendas de que podía ser una tarea que quedara pendiente de conclusión. En ese diálogo volvió el escenario de la escuela de Los Vázquez sobre cuya existencia y cantidad de alumnos me preguntó.

A mi vez le pregunté por el origen mexicano de la expresión casa del pueblo, y su percepción acerca del sentido que otrora tuvo en México y luego adquirió en Uruguay. Después de una larga charla telefónica sobre el tema, me hizo la recomendación bibliográfica más importante de mi investigación: el documento Carapan de Moisés Sáenz (1992). Este documento relata una experiencia de educación de adultos y promoción social realizada en el pueblo Carapan en Michoacán –a la entrada de la cañada de los once pueblos– a comienzos de la década de los treinta. De las tres ediciones del libro conseguí la última, que precisamente el CREFAL publicara en 1992(9). Allí, cuando el CREFAL era el Centro Regional de Educación Fundamental para América Latina, Miguel había conocido la experiencia y la obra a través de su primigenia edición publicada en Lima en 1936.

Cuando los maestros rurales conmemoramos el Día de la Educación Rural el 15 de mayo del pasado año, en plena pandemia y en formato virtual, Miguel estuvo presente a través de un mensaje de aliento y alta valoración del magisterio. Dejo que sean sus palabras las que queden resonando.

Ocho escenas 4

«...frente a tantas contrariedades, los docentes rurales demuestran con la actividad que han previsto para conmemorar una vez más el Día de la Educación Rural, que el trabajo colectivo es el gran recurso. Espero que lo aprovechen al máximo, para proseguir la gran obra de edificar nuestra muy peculiar sociedad campesina. Cada uno según las posibilidades que le brinde el medio, sentirá que es parte de una columna profesional y de una tarea insoslayable, siempre inconclusa, siempre fuente de solidaridad. Yo tampoco me sentiré solo. Recuerdo las circunstancias en que surgió el 15 de mayo de 1961, su valor como herramienta de defensa en el período de la dictadura, la diversidad con que estos últimos años ha venido formulando llamados periódicos a los docentes. Son sesenta años inspiradores, para ustedes que tienen que recrear, día a día, cómo atender las necesidades de niños y jóvenes. Para los que ya estamos fuera del sistema, el Día de la Educación Rural es mucho más que un recuerdo, es una manera de seguir entrando, todas las mañanas, en las que fueron nuestras escuelas. Hacerlo con una u otra tecnología es secundario; lo esencial es seguir sintiéndonos parte de esa importante tarea de mantener y desarrollar esa institución que llamamos Escuela Rural, Casa del Pueblo.» (Soler, 2020)(10)

(10) Mensaje enviado por Miguel Soler Roca y leído el 15 de mayo de 2020 en el Acto de Conmemoración del Día de la Educación Rural, organizado por el Departamento de Educación para el Medio Rural.

(9) En esta época, el CREFAL ya tenía su denominación actual: Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe.

 

Referencia bibliográfica
DEGO, Alejandra; SANTOS, Limber (2009): “Doña Juanita de los Santos. Encuentro con una alumna del Maestro Miguel Soler” en QUEHACER EDUCATIVO, Nº 94 (Abril), pp. 101-106. Montevideo: FUM-TEP.
s/a (2019): “Prólogo” en AA.VV.: Punto y seguido. Diez años de debates, elaboraciones y propuestas, pp. 1-4. Montevideo: Grupo de Reflexión sobre Educación (GRE). En línea: https://1library.co/document/zkwg4mo4-soler-roca-escenas-compartidas-con-miguel.html
SÁENZ, Moisés (1992): Carapan. Pátzcuaro (México): OEA / CREFAL. En línea: https://www.crefal.org/images/publicaciones/libros/carapan.pdf
SANTOS CASAÑA, Limber (2019): “Sobre Rastrojos de Miguel Soler Roca” en QUEHACER EDUCATIVO, Nº 155 (Junio), pp. 6-10. Montevideo: FUM-TEP.
SOLER, Miguel (1960): 5 años de educación rural en La Mina. La Mina: Primer Núcleo Escolar Experimental, Cartilla Nº 10. Edición a mimeógrafo. En línea: https://ia600708.us.archive.org/25/items/MiguelSoler1960LaMina/Miguel%20Soler%20-%201960%20-%20La%20Mina.pdf
SOLER ROCA, Miguel (1996): Educación y vida rural en América Latina. Montevideo: Federación Uruguaya de Magisterio - ITeM.
SOLER ROCA, Miguel (2005): Réplica de un maestro agredido. Educar en Uruguay: de la construcción al derribo, de la resistencia a la esperanza. Montevideo: Ed. Trilce.
SOLER ROCA, Miguel (2019a): “Punto y seguido. Palabras de Miguel Soler Roca” en AA.VV.: Punto y seguido. Diez años de debates, elaboraciones y propuestas, pp. 218-221. Montevideo: Grupo de Reflexión sobre Educación (GRE). En línea: https://889e058e-108b-4fe0-a832-7a8aac608dda.filesusr.com/ugd/cd8eda_eebba598539f4d6aae08797e8a1153d3.pdf
SOLER ROCA, Miguel (2019b): Rastrojos. Montevideo: Fondo Editorial QUEDUCA/FUM-TEP.