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Abril del 2023
Fragilidades en la infancia
Portada

Fernando Dualde Beltrán

Fernando Dualde Beltrán

Profesor Asociado de la Universidad de Valencia (España).
Psiquiatra infantil y de la adolescencia. Psicoterapeuta parental.
fe.dualdeb@comv.es

Interferencias en la separación-individuación

La Asociación Infancias organizó la Mesa Camilla del mes de enero pasado sobre el tema: “Fragilidades en la infancia. Problemas de salud derivados del actual modo de vida”.
Estuvo a cargo de Fernando Dualde Beltrán, Doctor en medicina y cirugía, Psiquiatra infantil y de la adolescencia y Psicoterapeuta. Trabaja desde hace más de quince años con niños y adolescentes en consulta privada, aunque inició su experiencia en la sanidad pública. Habitualmente lleva a cabo labores de diagnóstico y tratamiento farmacológico, psicoterapia individual y fundamentalmente psicoterapia parental, temas sobre los que ha publicado algunos artículos y ha traducido un libro. Acreditado como docente y supervisor por las secciones de Niños y adolescentes y Psicoanalítica de FEAP, es también Profesor Asociado de la Unidad Docente de Psiquiatría y Psicología Médica del Departamento de Medicina de la Universidad de Valencia. Colabora con el colectivo Infancias desde antes de sus inicios.
Le pedimos que nos hablara de las fragilidades de la infancia, con la intención de que sus reflexiones nos ayuden a comprender lo que está pasando en esta realidad que nos envuelve, pero no nos cobija. Que nos ocupa, pero no nos contiene. Que nos absorbe, pero no nos hace libres. Las infancias nos esperan ahí mismo, sus familias también.
Nuestro agradecimiento a Fernando Dualde por sus valiosas aportaciones.

Asociación Infancias
Alicante. España.
2023

Conforme explican las teorías del desarrollo, el ser humano atraviesa por una serie de etapas que se suceden cronológicamente, en cada una de las cuales se adquiere un conjunto de logros que, una vez integrados, son necesarios para proseguir el desarrollo en las etapas siguientes. El fracaso en una etapa previa dejará al individuo en una situación de desventaja a la hora de afrontar las exigencias evolutivas propias de la siguiente etapa, lo que obligará a un esfuerzo de sobreadaptación que podrá dar lugar a la aparición de complicaciones y, eventualmente, de patología cuando dicha desventaja no logre ser compensada. Sería similar a la imagen que ofrece una persona tras dar un traspié: del éxito o fracaso de los esfuerzos por reequilibrarse en los siguientes pasos dependerá que dé de bruces en el suelo o que siga caminando.
Un concepto consolidado que aborda la complejidad de dicho proceso es el de las «líneas del desarrollo» (Freud, 1973:54): además de describir las interacciones entre el yo y los deseos e impulsos del niño1 , resultado a su vez de las interacciones «...entre los procesos de maduración, adaptación y estructuración» (idem, p. 56) del psiquismo del infante, también describe la secuencia en que dichas interacciones se producen a lo largo del desarrollo del individuo. De ese modo, las líneas de desarrollo
«...son realidades históricas que en conjunto proporcionan un cuadro convincente de los logros de un determinado niño o, por otro lado, de los fracasos en el desarrollo de su personalidad» (ibid.).
La “cría” de la especie humana, como la del resto de especies, ha de poner en marcha desde el nacimiento –y, posiblemente, desde que completa la organogénesis hacia el final del primer trimestre del embarazo– el potencial innato con el que adquirirá competencias en áreas como la autosuficiencia emocional y las relaciones adultas (con el desarrollo de mecanismos autocalmantes de regulación), la alimentación racional, el control de los esfínteres, la responsabilidad en el cuidado corporal, el compañerismo, o el placer en el juego y en el trabajo... en un proceso que finaliza al alcanzar la edad adulta.
Cobra sentido, de este modo, la distinción que habitualmente se hace entre los problemas que son “reactivos”, es decir, aquellos que son el resultado de los esfuerzos de adaptación que tiene que hacer el niño ante demandas excesivas (por la propia inmadurez, por las exigencias desproporcionadas que imponga el medio, por la aparición sobrevenida de dificultades como una enfermedad física o un traumatismo) y, una vez desaparecidas tales demandas, el problema puede resolverse; y aquellos otros que implican la consolidación de mecanismos no resolutivos que, llegado el caso, pueden constituirse en patología... si es que no están provocados por una patología ya establecida desde el inicio, en el sentido de una predisposición genética o innata que va a condicionar, desde el comienzo de la vida extrauterina, el tránsito por unas vías de desarrollo diferentes a las que cabría esperar para la media de la población.
Para completar esta visión general habría que añadir que, desde una determinada perspectiva psicológica, el tránsito por cada una de las etapas evolutivas implicaría, en el plano simbólico, el afrontamiento de una serie sucesiva y, al mismo tiempo, superpuesta de conflictos que a su vez van a desencadenar una serie de angustias específicas que pondrán en marcha mecanismos de defensa para hacerles frente. Del éxito o fracaso de dicha tensión entre conflictos, angustias y mecanismos de defensa dependerá, respectivamente, la resolución del conflicto o la aparición de sintomatología.

Fragilidades en la infancia 1

Dirijamos ahora la atención hacia algunos aspectos de la situación actual. En estos tiempos líquidos (cf. Bauman, 2003), en que las certezas quedan difuminadas más allá de un cuestionamiento necesario, y parece imponerse el imperio del lenguaje –la “narrativa”– como el elemento que configura una realidad aparentemente “fluida” en la que nos toca movernos, hay una serie de factores que resulta pertinente señalar.
Por un lado, el cambio social que ha devenido en la atomización de las familias, con la desaparición de la familia “extensa” como elemento de apoyo y el desarraigo. Esta situación ha provocado, entre otras cosas, la interrupción de la transmisión de los conocimientos sobre la crianza, la pérdida de apoyos propia de una crianza compartida (que tan bien recoge el supuesto proverbio africano de “Hace falta una tribu para criar a un niño”) y la confusión de roles, entendida como la indefinición de funciones intercambiables entre los progenitores. No es de extrañar que cobren relevancia figuras como las doulas, los cursos sobre maternaje, la apelación a la crianza en manada... en un intento por suplir una parte importante de la función que la familia extensa cumplía en el alivio de las angustias y la provisión de seguridad.
En ese contexto, la regresión que se produce en los progenitores al servicio de las necesidades del bebé que acaba de nacer, y que los vuelve vulnerables al hacer que, ellos también, necesiten de un sostén (en el sentido del holding winnicottiano), los deja en situación de riesgo para la aparición de patología. Sobre todo, si se carece de dicho sostén o cuando las circunstancias (afectivas, materiales, económicas, laborales...) les devuelven a una situación de dependencia previa con los ahora nuevos abuelos donde las eventuales dinámicas disfuncionales padres-hijos se actualizan y corren el riesgo de incluir a la tercera generación que acaba de hacer su aparición en la escena. Sin olvidar la asunción de que “los abuelos están para malcriar a los nietos, porque para educar ya están los padres”, en una subversión que obedece más a cuestiones no resueltas en la generación entre abuelos y padres que a un interés genuino en la crianza que queda ensombrecida de este modo.
La crianza, además, está sujeta a modas. A nadie le resultará extraño el cambio de criterio entre lactancia a horas fijas frente a lactancia a demanda, el colecho, la crianza respetuosa, etcétera. Sin entrar a fondo en ninguna de estas cuestiones que no son el objeto central de la charla, estaría bien poder llevar a cabo un análisis crítico de las mismas, de la ideología que encierran y, desde el punto de vista de la psicología profunda, del tipo de vínculo al que apelan, así como de las defensas que movilizan frente a las angustias inherentes a la crianza. Quisiera aquí señalar, no obstante, que al hilo de una tendencia social donde emociones como la indignación y la ofensa sustituyen al análisis crítico o a la discusión constructiva, el resultado es la polarización de tendencias con exclusión del otro: bien a través de la grotesca controversia entre Malasmadres y Supermamás, bien a través de formas más graves que llevan a la exclusión del tercero, sea este la pareja (masculina o femenina), la vida social o laboral del progenitor, o los intereses más allá de la díada bebé-cuidador principal. Y es que el papel del tercero cumple una función estructurante en el psiquismo del niño y determina un cambio cualitativo en su estructuración interna.

Otro de los elementos a tener en consideración son las redes sociales, y no solo por la función calmante de la soledad con la promesa de felicidad que nunca acaba por llegar en la forma que nos gustaría. Lo que interesa destacar aquí es la apelación que hacen, de forma más o menos continua, al narcisismo entendido no tanto como el amor hacia uno mismo que nos lleva a cuidarnos y, desde ahí, a buscar la relación con el otro, sino como una actitud más infantil, por regresiva, que nos lleva a sentir que ocupamos el centro buscando al otro solo para que confirme nuestra autoestima tan precaria (cf. Twenge y Campbell, 2009).
Junto con ello, la inmediatez, con su carácter imperioso que nos impide desarrollar y consolidar los mecanismos que permiten retrasar la descarga del impulso y tolerar la demora de la gratificación. La acción toma el mando de la situación, y el acceso a lo simbólico se ve comprometido, lo que dificulta el desarrollo del pensamiento. Todo ello va a incidir de forma directa en los mecanismos para contener la angustia, para elaborar las emociones, para mentalizar las vivencias y las relaciones (cf. Misès, 1991; 2000).
Pero no todo se juega en el adentro. También el afuera –las series complementarias, la interacción entre genética y ambiente– hace su aportación. En un mundo globalizado donde las distancias se miden en tiempo y no en kilómetros, la llegada de agentes exógenos, exóticos, extraños es solo cuestión de horas, días o semanas, sean estos tóxicos ambientales, materiales empleados en la fabricación de consumibles, o virus mutados espontáneamente o escapados de un laboratorio de experimentación.
También, cómo no, la cuestión de la “exposición a las pantallas”, que ejerce efectos, unos beneficiosos y otros nocivos, tanto a nivel físico como psicológico. No hace falta repetir lo que acabamos de comentar sobre la inmediatez. Lo virtual no es el problema, mientras no perdamos de vista que sirve como espacio de elaboración activa de las situaciones vividas de forma pasiva, y de práctica que permite anticipar aquello que después ejercitaremos en un contexto con muchos más matices, como es la vida real, a la que no puede reemplazar...
O tal vez sí. La imagen ideal e idealizada que se vehicula a través del espacio virtual, maquillada por filtros y retoques, y sin posibilidad de ser contrastada para revelar su engaño, entra a formar parte de los contenidos internos que regulan la conciencia moral y la autoestima. En función de la solidez con la que se hayan podido trazar los límites que demarcan la realidad de la fantasía, cuando esas imágenes predominen en los ideales que rigen el funcionamiento del sujeto, se potenciará el wishful thinking que, apoyado en los avances tecnológicos, dificultará la renuncia a la omnipotencia y la puesta en marcha del proceso de duelo por todo aquello que no somos o no tenemos. Al fin y al cabo, qué otra cosa es el acto de mostrar hacia afuera lo buenos padres que somos y los buenos hijos que tenemos, utilizando plataformas de exposición que contrastan con lo frustrante –intolerable– decepcionante de la realidad vivida. Muchas cuestiones en torno al acceso a la parentalidad pivotan sobre este punto.
Y no podemos olvidar la forma en la que se comunica la información, base para la transmisión del conocimiento. Podría trazarse una línea que une las informaciones sensacionalistas que parecen dirigidas a dejarnos en un estado de alerta permanente, desde las abejas asesinas, próximas a la llegada del verano, hasta el tono apocalíptico con el que algunos transmiten la información sobre el cambio climático. No es otra cosa que el recurso a la emoción en detrimento de su integración con la razón.
Así las cosas… ¿qué podría salir mal?

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El título original que la Asociación Infancias propuso para esta charla fue “Fragilidades en la infancia. Problemas de salud derivados del actual modo de vida: estrés, ansiedad, depresión, dificultades de sueño, dificultades en la alimentación, alergias...”. El esfuerzo de relacionar cada uno de esos cuadros con los respectivos momentos evolutivos y explicar cómo se configuran implicaría un repaso completo de la psicopatología que tomara en consideración aspectos como el establecimiento del vínculo, la consolidación del narcisismo, el establecimiento de los límites del yo y el paso a las relaciones de objeto, la regulación emocional, la capacidad de mentalización... Cuestiones que están en juego y sobre las que trabajamos a la hora de ayudar a los padres y a los hijos que vienen a consulta. En su lugar, puede resultar de utilidad poner el foco de atención en un proceso complejo que reúne varios de estos elementos citados. Se trata del proceso de separación-individuación descrito por Mahler (1990).
Por separación o, mejor dicho, diferenciación, se entiende el proceso mediante el cual el bebé toma conciencia de ser una entidad física separada, diferente, de las figuras de apego que le cuidan. La individuación, por su parte, hace referencia a la toma de conciencia de ser una entidad psicológica, de tener una conciencia del yo (o del sí mismo, según la escuela teórica considerada). Este concepto es interesante, entre muchas otras cosas, porque describe el interjuego que se produce entre el niño pequeño y los cuidadores principales, y toma en consideración las angustias que se despiertan de uno y otro lado, así como los mecanismos que se ponen en funcionamiento para hacer frente a las mismas.

Y es desde ese modelo que podemos apreciar cómo la serie de “peligros” que evocan cualquiera de los escenarios enumerados en el apartado anterior corre el riesgo de poner en marcha funcionamientos que, encaminados a proteger al hijo frente a los eventuales riesgos con los que se va a encontrar, limitan su capacidad de afrontamiento y lo dejan en una situación de dependencia.
¿De qué modo se enseña hoy en día a los niños a tolerar la separación, la frustración y la pérdida? Esa supuesta “generación de cristal” es la que sufre las dificultades de la generación “X” a la hora de ejercer las labores de crianza. Bajo el peso de la responsabilidad de querer hacer bien las cosas, se articulan toda otra serie de necesidades que parecen entrar en contradicción. Desde el momento en que se accede a la parentalidad, esta pasa a convertirse en una fuente de aporte de autoestima (de narcisismo, según el contexto que empleemos) al mismo nivel que el desempeño laboral, las relaciones sociales o el aporte de afecto de los propios padres. Pero, a la vez, compite con esas otras fuentes en la medida en que implica no disponer del mismo tiempo que antes para dedicarse a ellas. Surge entonces un verdadero conflicto de intereses que puede encaminarse por distintos caminos.

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 Uno de ellos es el hiperinvestimiento del bebé, en la medida en que su cuidado representa una fuente de satisfacción de la autoestima que no se ve satisfecha por los aportes provenientes de las otras áreas de desarrollo del cuidador. Habría que pensar en qué medida el colecho o la lactancia materna “a demanda” hasta una edad avanzada trascienden su función inicial de establecimiento de un vínculo contenedor, para convertirse en un impedimento que facilite establecer la autorregulación y la autonomía personales.
Otro, por el contrario, es el desinvestimiento, cuya atención compite con otras áreas de desarrollo de los padres, que aportan mayor reconocimiento sin los sacrificios inherentes a la crianza. Surgen así conductas de retracción en el bebé que pueden evolucionar de muy diversas maneras, dando lugar a cuadros tan diversos como problemas de autorregulación y del comportamiento, trastornos de ansiedad, trastornos del apego, depresión, autismo... (cf. Guedeney, 2007; Guédeney y Vermillard, 2004).
En ambos casos, otro de los elementos que estará en juego será la ausencia de la función de paraexcitación. Una función que corresponde inicialmente al adulto, y que implica regular la intensidad y la frecuencia de los estímulos del medio exterior para que no se conviertan en desbordantes. Desprovisto de tal protección, el niño no llega a desarrollar un mecanismo propio que, por incorporación e identificación, logre desempeñar esa misma función, dejándolo a merced de una activación constante y de una necesidad continua de nuevos estímulos.
En esa línea, ¿cuántas veces se culpa a los hijos de querer las cosas de forma inmediata, y no se aprecia que es a los padres a quienes previamente les ha costado tolerar el malestar del hijo, con dificultad para llevar a cabo la doble tarea de frustrar y acompañar? Los padres son los primeros representantes de la realidad, su función es mostrar los límites que la vida nos impone, pero quedándose presentes para aprender a tolerar el malestar que nos provoca la falta.
Es entonces cuando cobra sentido la necesidad de disponer de “buenas experiencias compartidas”, repetidas con los padres. No solo porque proporcionan una reserva de satisfacción, sino porque también contribuyen a la creación de imágenes internas que ofrecen seguridad y afirman la autoestima, al tiempo que permiten elaborar las separaciones y las pérdidas. La ausencia de experiencias en ese registro será uno más de los elementos que contribuirá a la aparición de depresiones, con la necesidad de un estímulo inmediato y continuo debido a la dificultad de tolerar la ausencia.

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Pero ¿toleran los padres la ausencia? ¿Aceptan que los hijos crezcan, se separen de ellos, tengan su propio criterio? ¿Han podido resolver los padres sus propios conflictos? ¿Han logrado hacer una separación exitosa?
En el ansia por evitar el malestar en los propios padres, la incertidumbre de “dónde estará o qué estará haciendo”, la confianza necesaria en el otro se reemplaza por relaciones de control que, inevitablemente, conllevan dependencia y dificultan la individuación. La posibilidad de saber en tiempo real dónde está el hijo, o qué tareas no ha realizado en clase, tiene varias consecuencias. Por un lado, elimina la necesidad de un tercero que también contribuya a resolver el conflicto; por otro, anula el espacio de ejercitación donde el hijo pone en funcionamiento y perfecciona su capacidad para gestionar los conflictos. En la medida en que los padres se apropian de esa angustia y ponen en marcha los medios para resolverla, esa función no se desarrolla en el hijo, quien queda en una situación de dependencia de quienes sí parecen tener la capacidad (cf. Icart y Freixas, 2020).
La cuestión de los límites también importa. Y a ello no contribuyen buena parte de los discursos que hoy ocupan las redes sociales. Ya sea desde la lógica capitalista de exprimir el propio potencial para “conseguir todo lo que te propongas”, desde las corrientes del feminismo que anulan la diferencia o desde la ambigüedad a la que apela una parte del discurso queer, una y otra vez se niega el límite a la propia potencia para reemplazarlo por omnipotencia. Se dificulta así la necesaria elaboración de duelos que conlleva la vida, en la medida en que continuamente nos abocan a tener que elegir. Y, con cada elección debemos asumir una renuncia para obtener la ganancia de aquello que hemos escogido. ¿Cómo tolerar entonces la inevitable tensión que comporta el aprendizaje, el crecimiento...? Porque es a través de ese proceso de separación-individuación donde tomamos conciencia de nuestros propios límites, lo que nos obliga a un movimiento de regreso hacia los otros para contar con su capacidad, aquella de la que en ese momento carecemos, para poder resolver la angustia. En otras ocasiones es, al contrario, una hipermadurez inconsistente que, más bien pronto que tarde, provoca un colapso por la falta de comprensión de los límites de la realidad.
Como nos recuerda la biología, forma parte de las características de los seres vivos la capacidad de adaptación. Unos tiempos diferentes implican hacer un uso adaptativo de los mecanismos generales de los que disponemos para afrontar las tensiones propias de la existencia, así como desarrollar, en la medida de lo posible, otros nuevos que nos permitan encontrar nuevas soluciones a las cuestiones que la vida nos plantea.
Sufrimos por los mismos conflictos que sufríamos antes. No parecen haber variado los modos de enfermar psíquico, pero sí las condiciones que nos rodean que parecen hacernos más vulnerables o, mejor dicho, que ponen a prueba nuestra capacidad de adaptación de forma más precoz, más intensa y quizá con menos recursos externos para afrontarlo. Una de las salidas siempre será la patología, cuya expresión adoptará diferentes formas de presentación acorde a los tiempos en los que se vive. Pero otra será la búsqueda del equilibrio y, con él, la salud.
La fantasía de que es posible un mundo sin conflicto es una utopía que puede distraernos del valor de disponer de toda una variedad de profesionales cuya función es la de sostener cuando la angustia nos desborda, y de facilitar la maduración y el desarrollo que nos permita disponer de una autonomía personal desde la que relacionarnos para lograr la complementariedad en la relación con los demás. Se trata de ayudar a construir un psiquismo, de facilitarle al niño la elaboración de recursos que le permitan tolerar la separación, disponer de recursos internos con los que afrontar las angustias propias del desarrollo, desde obtener el aprecio de los profesores hasta lograr la adquisición de conocimientos que, más adelante, se convierten en la forma en la que uno se gana la vida.
Cualquier tiempo pasado NO fue mejor. Vivimos en este presente, heredero del pasado que fue y no del que nos hubiera gustado o del que nos empeñamos en reescribir. Tenemos la obligación y la necesidad de gestionarlo de la mejor forma posible, de cambiarlo para nosotros y para quienes dependen de nosotros.
Muchas gracias por vuestra atención.

  • 1A lo largo del texto empleamos los términos “niño” y “niños” como sustantivo colectivo que abarca la totalidad del grupo compuesto por niñas y niños.
Referencia bibliográfica
BAUMAN, Zygmunt (2003): Modernidad líquida. Madrid: Fondo de Cultura Económica. FREUD, Anna (1973): Normalidad y patología en la niñez. Evaluación del desarrollo. Buenos Aires: Ed. Paidós.
GUÉDENEY, A.; VERMILLARD, M. (2004): “L‘échelle ADBB: intérêt en recherche et en clinique de l‘évaluation du comportement de retrait relationnel du jeune enfant” en Médecine & enfance (juin), pp. 367-371. En línea: https://www.reseauperinatallorrain.fr/app/download/31906558/article+adbb.pdf
GUEDENEY, Antoine (2007): “Withdrawal behavior and depresión in infancy” en Infant Mental Health Journal, Vol. 28, Nº 4, pp. 393-408. ICART i PUJOL, Alfons; FREIXAS i DARGALLO, Jordi (2020): A mí no me pasa nada. Barcelona: Ed. Octaedro.
MAHLER, Margaret S. (1990): Separación-individuación. Buenos Aires: Ed. Paidós.
MISÈS, R. (1991): “Disarmonías evolutivas, patologías límites y trastornos de los aprendizajes” en Cuadernos de psiquiatría y psicoterapia infantil, Nº 11/12, pp. 59-76. En línea: https://www.sepypna.com/documentos/psiquiatria11_12.pdf
MISÈS, Roger (2000): “Actualidad de las patologías límites del niño” en Cuadernos de Psiquiatría y psicoterapia del Niño y del Adolescente, Nº 30, pp. 5-19. En línea: https://www.sepypna.com/documentos/psiquiatria30.pdf
TWENGE, Jean M.; CAMPBELL, W. Keith (2009): The Narcissism Epidemic. Living in the Age of Entitlement. New York: Free Press.